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pedro

   
abya-yala
 
 

Uno se hace lector antes que escritor

Supongo que antes de convertirse en escritor un muchacho se hace lector. Sólo tras la lectura de numerosos libros, tras surgir la admiración por esas personas que cuentan historias tan bonitas, es posible que piense que él también quiere ser uno de ellos. Pero ser escritor no parece tan sencillo a esa tierna edad como ser futbolista, cuando al fin y al cabo la mayor parte del tiempo libre se pasaba jugando al fútbol. Por lo tanto me recuerdo como lector durante muchos años. Me recuerdo como lector casi desde que me recuerdo. Y me recuerdo poco después con gafas. Debería de decir con necesidad de llevar gafas, pues dado que mi miopía afectaba sólo a un ojo, lo que llaman ojo vago, pretendían que llevara unas gafas en las que me tapaban la visión del ojo bueno, con la idea de que el vago se ejercitara. Pero claro, si me tapaban el ojo bueno, no veía, y además, la ventosa de goma que se colocaba en el interior del cristal del ojo bueno, era bastante incómoda. Por lo que se puede decir que llevo gafas desde mi más tierna infancia, o que no he llevado gafas hasta que una noche oscura por uns estrecha carretera de la periferia de Madrid, me di cuenta que estaba conduciendo un coche casi a ciegas, y empecé a ponerme gafas, al menos para conducir.

Supongo que las gafas fueron consecuencia de la precoz afición por la lectura. Aunque tengo mis dudas. También es posible que la afición por la lectura fuera consecuencia de mi visión deficiente.  Aunque de aquella época me recuerdo a la vez siempre leyendo y siempre jugando al fútbol, tal vez en algunos momentos, me sintiera más cómodo cuando el objeto de mi atención estaba más cerca. Entre mis manos.

Cuando hice la primera comunión pedí como regalo un globo terráqueo, y con el lote parece ser que iba un libro de geografía universal, y una historia de España. Aparte de esto, no voy a presumir de lecturas profundas. Nada de eso. Recuerdo al menos todos esos libros de Enid Blyton, Los Cinco, Los siete Secretos, y cosas por el estilo. Nunca me guió nadie en estas cosas, y si afortunadamente en casa cayó una de esas colecciones encuadernadas en piel, que tan bien quedan en el salón, de Emilio Salgari, que me leí entusiasmado, también cayeron unos crudelísimos relatos de la Segunda Guerra Mundial, igual de bellamente encuadernados, que también devoré como un loco. 

En el colegio hicieron lo indecible por inculcarnos un profundo desdén por la lectura. Nos pasamos un año leyendo en clase “El Paisaje de España visto por los españoles” de Azorín. No he vuelto a releer el libro, y no puedo juzgarlo con objetividad, pero en el momento nos pareció (el resto de mis compañeros pensaba igual que yo) un soberano tostón. Otro año leímos Edipo Rey, y El Lazarillo, y algunas otras cosas, aprendimos algunas poesías, creo que muchos de los alumnos aplicados de aquella época, todavía recuerdo estrofas de La Vida es Sueño, algunas cuartetas clásicas, y por supuesto las primeras estrofas de Con Cien cañones por banda…

Afortunadamente en el colegio había una biblioteca, no sé si buena o mala, pero divertida. Los últimos años del bachillerato, fuimos el último curso de ese sistema, resultaron ser insoportablemente aburridos. Nos pasábamos el día leyendo en clase. Digo nos pasábamos porque éramos unos cuantos. Yo creo que nos leíamos ya un libro por día o cosa así. El libro se apoyaba en el pupitre, y una mirada abajo y otra al profe. Cuando éste se acercaba, pues a algunos les gustaba ir paseando por los pasillos de la clase mientras hablaban, bastaba con empujar el libro con la tripa hasta el fondo del pupitre. Lo único malo era que a veces, nos ensimismábamos en la lectura, y sólo nos dábamos cuenta de la presencia del profesor cuando su mano se lanzaba a agarrar el libro. Como eran de la biblioteca del cole, no pasaba nada aunque nos lo quitara. Aparte de quitarte el libro te podían echar de clase. Yo, de hecho, estuve una semana o más sin poder entrar a clase. Supongo que sería por mi afición a la lectura, pues en este momento no puedo imaginar que otra travesura pude realizar para merecer semejante castigo.
Supongo que progresivamente debí de ir leyendo cosas más serias, pero no recuerdo cuales. Creo que iba apuntando el título de los libros que leía, pero posiblemente tirara esa lista a la basura hace unos cuantos años. A veces también tomaba nota de algún párrafo que me resultara interesante.

Luego decide que también le gustaría colocarse al otro lado de la historia

Un día pensé que yo también quería escribir un libro. Que quería ser escritor. No es que quisiera escribir ningún libro en concreto, sino que quería escribir libros. Ya debía de tener 15 ó 16 años. Lo único que hice fue leer más, mucho más, y de mejor calidad, pero siempre de una forma anárquica, y empezar un diario con el razonamiento de que tenía que aprender a escribir, a expresar mis ideas por escrito, para que cuando llegara el momento en que supiera de qué quería escribir, poder hacerlo bien.
Los diarios deben de seguir en una caja en lo alto de algún armario.

En realidad la literatura seguía siendo parte de mi doble vida. Como cuando leía a escondidas en el colegio. De hecho, cuando llegó el momento de elegir una carrera nunca pensé en estudiar Filosofía y Letras o alguna filología, que en principio parecen más adecuadas para forjar el temple de un escritor, sino que me decidí por Ciencias Biológicas. No tengo ni idea porque elegí esa carrera. Se puede decir que me gusta la naturaleza, como nos gusta a los habitantes de las ciudades, esa postal inolvidable, ese día despejado en una bella montaña o una playa, y luego a dormir cómodamente en alguna cama confortable. Pero las Ciencias Biológicas demostraron pronto que no estaban hechas para mí. Mi miopía, que todavía en aquella época, no conduciendo, prefería ignorar, me impedía ver nada en los microscopios. Bueno, algo veía, pero no era una experiencia agradable intentar localizar nada a través de las lentes. La parte relativa a la botánica me resultaba inasequible, y me sigue resultando. Yo creo, otra vez culpa de la miopía, que esa visión un poco borrosa me ha impedido prestar mucha atención a los aspectos externos de los objetos (en esos test de los distintos factores de la inteligencia que nos hacían en el colegía siempre quedaba fatal en retención visual), y los árboles me parecen fundamentalmente iguales. Claro que sé distinguir un olivo de un pino, y otras 20 ó 30 especies de árboles, pero básicamente me parecen iguales.

Aunque había sacado buenas notas, ví que eso no era lo mío. Con gran madurez elegí Veterinaria, una carrera que me podría ofrecer distintas salidas en situaciones diferentes. Trabajar como autónomo, en una empresa o en una administración. En la ciudad o en el campo. En mi país o en cualquier otro lugar del mundo. A pesar de que no había escrito nada todavía, me sentía totalmente escritor. Sabía que iba a dedicar gran parte de mi vida a escribir, y me planteé hacer alguna carrera de letras. Sin embargo me dio miedo jugarmelo todo a una carta, pues la salida que parece más comúna estas carreras, la enseñanza, nunca me ha gustado.

 

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